A la muerte de Asterión, rey de Creta y
esposo de Europa, Minos comunicó a sus hermanos que él sería el nuevo rey de
Creta ya que los dioses así lo querían. Les dijo que, como prueba de ello, a la
mañana siguiente surgiría un toro del mar. Esa noche Minos rezó a Posidón y le
pidió que hiciera salir el toro. A cambio prometió a Posidón que lo
sacrificaría en su honor. A la mañana siguiente salió del mar un precioso toro
blanco y Minos, al comprobar su hermosura, decidió sacrificar otro toro parecido.
Posidón no se dejó engañar y maquinó un castigo: hizo que Pasífae, la esposa de
Minos, concibiera una pasión irresistible por el toro de noble estampa.
Pasífae intentaba tener acceso carnal con
el toro pero éste siempre rehusaba tal comercio. Al fin con el auxilio del
escultor, arquitecto e inventor Dédalo, ateniense exiliado en Creta, la reina
pudo satisfacer su pasión por el animal: Dédalo construyó una novilla de madera
y la cubrió con una piel auténtica de vaca e introdujo dentro a Pasífae. De esta
manera lograron engañar al animal. Fruto de estas relaciones la reina concibió
un monstruo con cuerpo de hombre y con cabeza de toro, el Minotauro.
Minos mandó encerrar al Minotauro en un
laberinto construido por el propio Dédalo. Al sospechar el rey que el
arquitecto había ayudado a su esposa, lo encerró también en el edificio en
compañía de su hijo Ícaro. Sin embargo los dos prisioneros consiguieron huir:
el ingenioso Dédalo construyó unas alas y las adhirió con cera a su cuerpo y al
de su hijo de tal forma que pudieron escapar volando. Imprudente o tal vez
embriagado por la sensación de remontar la altura, Ícaro se acercó demasiado al
Sol y, desprendidas sus alas por el calor, cayó al vacío y murió. Entretanto
Minos había impuesto a Atenas el envío anual de catorce jóvenes de ambos sexos,
que eran entregados al Minotauro en su laberinto.




